Hay un cansancio del que casi nadie habla: el de aprender a conformarse con migajas emocionales por haber confundido el amor con la capacidad de aguantar. Durante tanto tiempo di prioridad a los demás con la esperanza de ser suficiente, de no incomodar, de merecer un lugar. Aprendí a callar mis necesidades para que otros no tuvieran que cargar con ellas. Creí que amar era resistir, esperar, justificar y permanecer, incluso cuando yo me iba desvaneciendo. Al final, muchas de las cosas que conocí me enseñaron a doler antes que a sentirme querida. Y aunque aún anhelo que alguien decida quedarse, no sé cómo permitirlo. Hay una parte de mí que teme que, si alguien se acerca demasiado, termine encontrando el mismo vacío que yo siento. No porque no quiera ser amada, sino porque hace mucho dejé de sentirme capaz de creer que alguien pueda hacerlo sin que yo tenga que sacrificarme para merecerlo. Quizá el mayor cansancio no sea estar sola. Quizá sea no recordar cómo se siente descansar en...
Mis palabras viven aquí, lejos del ruido y cerca de lo que soy.