Hay días en los que la existencia pesa más que el cuerpo. No es el cansancio de quien ha corrido demasiado, sino el de quien ha despertado demasiadas veces con la misma pregunta: ¿cómo se sigue cuando el alma parece haber olvidado el camino?
La vida continúa afuera. Los relojes no se detienen, las personas ríen, los árboles siguen creciendo con una paciencia que parece burlarse de quien ya no encuentra fuerzas para levantar la mirada. Y, mientras tanto, por dentro, todo es un cuarto silencioso donde hasta respirar parece un acto demasiado grande.
No es que odie el mundo. Es que duele habitarlo. Duele sostener expectativas, cargar recuerdos, imaginar futuros que no consiguen despertar ilusión. Duele existir cuando cada día parece pedir un esfuerzo que nadie alcanza a ver.
Hay heridas que no sangran. Se esconden detrás de una sonrisa educada, de un "estoy bien" pronunciado casi por costumbre. Son grietas diminutas que, con el tiempo, aprenden a convivir con uno hasta que dejan de parecer heridas y empiezan a sentirse como parte del paisaje.
Y, aun así, hay una pequeña rebeldía que sigue respirando entre los escombros. Quizá no sea esperanza. Quizá sea solamente la necesidad de escribir. De convertir el dolor en palabras para que, aunque siga siendo inmenso, deje por un momento de estar completamente solo.

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