No sé si esto es una carta, un suspiro o una parte de mí que aún no aprendió a vivir sin vos.
Hoy es el Día de las Madres, y lo único que siento es un nudo en el pecho. No hay regalos, ni flores, ni desayuno en la cama… solo este silencio que me acompaña desde que te fuiste.
No me gusta este día, mamá. Porque el mundo lo celebra y yo solo lo sobrevivo. Porque todos hablan de abrazos y risas, y yo solo tengo recuerdos vagos, unos cuantos momentos que el tiempo intenta borrar, pero que yo me aferro a conservar como si fueran lo único que me queda.
Hoy me preguntaron por vos. Y no supe qué decir sin romperme. Solo dije “ya no existe”, pero la verdad es que sí existís. Existís en lo que soy, en lo que me falta, en lo que me duele, en cada parte de mí que aún te necesita.
A veces me enojo, mamá. Me enojo porque crecí sin tu guía, sin tu voz, sin tu forma de calmarme cuando todo se vuelve difícil. Me enojo porque tuve que hacerme fuerte sin vos, y eso me partió muchas veces. Pero también me abrazo con la idea de que, donde sea que estés, sabés que lo intento. Sabés que sigo, aunque a veces no sepa cómo.
Hoy no quiero fingir que estoy bien. Solo quiero decirte que te extraño. Que te he necesitado más de lo que cualquiera sabe.
Y que te amo, aunque la vida me haya obligado a aprenderlo sin vos al lado.
Con todo lo que me duele y todo lo que te sigue queriendo,
Tu hija.

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